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Debe ser muy extraño dolerle a alguien. ¿Qué implicará, aparte del muy narcisista ejercicio de autoproclamarse alguien lo suficientemente importante como para causarle dolor a otro? ¿Qué es, en concreto, eso que duele?

Yo no sé si duelo; nunca lo he pensado. Siendo honesta, no creo poder doler. No sé si hay algo entrañable en mí. Sin embargo, a últimas fechas me ha tocado hablar con padres cercenados y madres que se presumen incompetentes y entre sus ausencias y angustias me ha dado por ser narcisista y creer que en algún momento quizá yo dolí. Tal vez ahora mismo duelo y no lo sé. ¿Puedo doler? ¿Por qué? ¿Tengo alguna responsabilidad en ello?

Me pregunto qué se sentirá saber que uno duele. ¿Empodera? ¿Qué hace uno con la capacidad de herir? ¿La usa? Eso puedo contestarlo yo: sí, la usa. A propósito. No sé si quiero asumirme con ese poder. Narcisista como soy, me preocupa más eso de que mi ausencia pueda causar pena, nostalgia. Dolor. No lo entiendo.  No lo veo. Es inconcebible.

The wind, the rain and the sunset

Hoy atardeció y yo estaba en casa para verlo. La luz dejó de entrar de repente y todo dejó de ser enceguecedor para volverse entonces plácido, suave. Atardece todos los días, dirán, pero yo había olvidado lo bonito que es ver el cielo palidecer. Hacía mucho que no reparaba en ello.

Tampoco me había puesto a pensar en que ahora tengo gato y familia y amor, todas cosas inasequibles para gente rota como yo. No sé cuándo pasó, pero lo celebro. No existe nada más conmovedor para alguien que vivió con temor de juntar a sus afectos que verlos tomar café o cocinar juntos y saberse uno tan vulnerable y tan tranquilo a la vez. Es aterrador. No sé qué hice para conseguirlo, tampoco si lo merezco, y mucho menos si irá a durar.  Es tan raro y tan nuevo para mí esto de tener.

Sin embargo, en la ventana hay un gato amarillo que dormita en la brisa. Su cola cae y ella ronronea. Es mía porque elige estar conmigo. Mi familia me procura y me empuja a hacer cosas porque ya basta, es hora de dejar de ser tan veleta en la vida.  Y ella dice que me quiere porque sí, porque así son las cosas, porque hay gente que no quiere irse de mí y ella forma parte de esa muestra. Todo esto sucede y yo estoy aquí para verlo y tratar de entender por qué algo tan plácido, tan suave y bonito me pasa a mí.

Cosas que una piensa cuando ve a su mamá (en fotos) por primera vez en más de un año

Yo soy yo. Estoy. A mi alrededor hay zancudos y calor húmedo, pero nada que me impida ser el sujeto cognoscente que soy. Peleé con toda la estructura de mi vida para poder venir y ser y estar y el otro horrible verbo copulativo. Me separé de todo, de todos, y cercené de mí todo aquello que yo era. Tuve que hacerlo para poder ser.  Me enorgullezco de mí, bravo yo por nunca haber pagado con retraso ninguna de mis facturas de la adultez. Soy magnífica.

Soy, sí, pero también fui. Huí. Atrás quedaron, entre otras cosas, sombras que me duelen con la misma intensidad que las alejé de mí. Las tengo sobre la espalda, me llaman por mis dos nombres cuando hago algo que se supone no debo hacer, como comprar Chocokrispis en lugar de cereal que sabe a cartón, enamorarme de una mujer o empecinarme en fracasar. Son tótems. Los aborrezco con rabia. Me defino en virtud de no ser nada de lo que mis tótems, atemporales, enormes e invencibles,  pensaron para mí.

Un tiempo después, mientras me regodeo en las bondades de ser este ente magnífico y con gran potencial que soy, mis representaciones de la autoridad aparecen  ante mí (digitalmente). Quiero odiar, dolerme, ser vehemencia pura, mas no puedo. Mi tótem más fuerte ha envejecido cantidad y se ve ahora débil, con canas. La fortaleza inquebrantable de antaño, la coquetería refinada, los ademanes fríos, todo se ha ido. Queda hoy una señora que aparenta más de su edad, las canas, la piel que cae.  Ella en el cumpleaños de un feto ajeno. Ella cargando hijos ajenos, cuando pasó años negándose a hacerlo. Envejece. Se debilita. No corresponde para nada al ente del cual huí azotando puertas y jurando jamás volver.

Me pregunto, entonces, qué tan válido es ser esta criatura pagafacturas magnífica que soy, cuando esto implica una cercenación total de quien fui. ¿Uno puede ser por sí mismo? ¿No viene uno de un sitio, no pertenece a, no es moldeado por un sinnúmero de peculiaridades que lo hacen ser uno, ente magnífico A, y no personita regular B? ¿Qué derecho tengo yo de otorgarle cualidades mitológicas a alguien que no es más que un ser decadente, al borde de la vejez?

Lo único que sé es que mi mamá ha envejecido y yo no estuve para verlo. Sé que morirá sin que yo me acerque. Es lo mejor. O al menos eso creía.

Sintonizar

Es la noche de un miércoles cualquiera y han coincidido ciertos eventos. El recibo de la electricidad factura menos de la mitad de lo que uno había presupuestado. El piso está limpio y la casa huele a lavanda; podés, por fin, caminar descalza. Vas a la cocina, abrís la refrigeradora y cenás panes con aguacate y cuajada, cosa que se te antojó hace un par de horas. Los trastes (la vajilla crema con un cintillo rojo) están todos limpios. Tu corazón palpita de manera extraña y parecería que en vez de bombear sangre, trina. Te sentás en el sofá cama rojo, conectás la laptop al televisor más grande que has tenido jamás y ves una película de gente como vos, pero en otros ámbitos. Un gato, tu gato, te ronronea al oído. El ciclo de lavado de tu ropa ha terminado; el cigarro se apagó. Las ventanas están abiertas de par en par y fumás de puertas para adentro. No lo viste venir, pero ya está acá.  Todo lo que querías está en tus pies descalzos, tu piso olor a lavanda y los arañazos de tu gato en el sofá. Ya no hay excusas. Ya podés ser vos.

Teoría del papel

Durante mucho tiempo he pensado a qué huelen las casas familiares, las que se supone que uno nostalgia. En el primer piso de mi edificio vive una familia que a diario cena frijoles deshechos con plátano frito. Quizá huelan a eso. También, pensé alguna vez, pueden oler a carne guisada con papas. He descartado ya, quince meses después, que las casas huelan a manteles con cerveza o a humo de cigarro. Las casas, las locales, huelen a frijoles ablandándose; a ajo, quizá a cebolla, a medir la sal. Es ahora que hablamos del ente desarraigado con antojo de casamiento*, de frijol rojo de seda. De tortillas calientes. Acá empieza la tercera parte de este cuento.

Convivir con la soledad es aprender a medir los frijoles que hay que cocer. Agarrar una taza, llenarla con los granos de una bolsa (previamente abierta) que tu rumi ha guardado en el balde de los cereales. También es caer en cuenta que llevás quince meses viviendo en un sitio y todavía no sabés adónde venden tortillas. Supongo que esto es una expresión reducida de la nostalgia absurda que lleva a seres inteligentes y migrantes a reunirse con compatriotas una vez llevan cierto tiempo en un sitio que no es el propio. Es, de hecho, el mismo fenómeno: las nostalgias son traiciones pequeñitas que vienen de lugares insospechados. Uno responde ante ellas lo mejor que puede. Dado que jamás he podido presumir de dignidad, yo sucumbo. Como siempre.

Quizá mi idea está mal formulada: aceptar la soledad es reconocer que no es necesario cocer una libra de frijoles a la vez. Apropiarse de la idea de que uno puede cocinar cantidades chicas y olvidar que a la hermana no le gusta la cebolla o que el hermano prefiere que los granos no queden tan blandos. Viene entonces la redefinición del concepto.  La aceptación y el progreso. La satisfacción del yo que ya no piensa en la consecuencia que su accionar culinario pueda tener en los entes inmediatos, porque no hay tal cosa. Procede, entonces, a dejar de pensarse pulga y verse ya como el muchacho extraviado, tan desconectado él todo el tiempo. A eso le llama empoderamiento.

Ya no es un domingo caluroso, sino con lluvia. La ropa recién lavada no va a secarse. La mesa de ahora es de un tamaño adulto estándar y puedo apoyar los codos sobre ella. La cubre un mantel, gasto suntuoso que mi austero pasado jamás habría permitido. Hace mucho que el muchacho es un señor. Han pasado diez años exactos desde que el muchacho y la pulga pudieron tener una conversación en pleno. Mi condición pavloviana persiste, pero ahora soy un ente que persigue con ahínco solo dos cosas: el enfisema pulmonar y que ablanden los frijoles. Nadie explica nada. Nadie habla. No hay nadie. No sé si en verdad lo hubo alguna vez.

El ente sin raíz se  para, busca a tientas el papel  periódico, el cuchillo y el ajo. Lleva luego la olla de metal y la taza con frijoles. Se supone que en estos tiempos (pacíficos y posmodernos) los frijoles se empacan y se venden ya limpios. No importa: el rito exige que los revise y los depure. Se fuma de puertas para adentro. Se llena la casa de humo. Se evade activamente pensar en qué tan chistoso es haber mutilado cualquier vínculo familiar solo para venir a sentarse frente a una mesa con la tablita y los dientes de ajo; lo cortás finito, casi casi que no se vea. Es para que se deshagan al hervir. Ahora lo metés junto a los frijoles así en la olla, los dejás en agua para que ablanden y luego los ponés al fuego. En que eso pase, que sea posible que pase, sin que mi frente llegue a la altura de las rodillas de un muchacho confundido que nunca supo dimensionar que a pesar de deber ser un señor casado, padre de familia, con responsabilidades laborales y políticas, no era más que un carajo huyéndole con prisas al momento de aceptar cuán solo estaba.

El epílogo de la vara es que una taza de frijoles basta para una sola persona. Que hay que comprar ablandador, porque los Dany (marca elegida por la rumi) son más duros que mi consciencia. Que quizá haya que expandir la definición de cocinar y comprar requesón y crema; pensar en sofreír frijoles deshechos, hacer arroz para volverlo casamiento; quizá comprar tomate y cilantro para hacer frijoles borrachos, de todas maneras ya hay salsa negra. A la mejor buscar un aguacate…

Creo que es mi momento más salvadoreño de la vida

Creo que es mi momento más salvadoreño de la vida


*Casamiento: frijoles enteros mezclados con arroz. No, no hablaba de matrimonio. Jesús bendito.

Rituales proletarios

Había una mesa negra, sí, pero era muy baja. Un adulto tenía que sentarse en el suelo para poder usarla. A mí me servía: yo era una pulga y el borde de la tabla me llegaba a la altura de la frente. Tenía que sentarme en una banqueta de madera, tan rústica y atemporal como la mesa que intentaba alcanzar. Nunca supe de dónde salieron ambas. Esa es la primera parte de este cuento.

La segunda es un señor, más bien un muchacho, caminando, cargando una olla de metal y una libra de frijoles metida en una bolsa transparente. Me llama, diciéndome que consiga una hoja de periódico viejo y la extienda sobre la mesa. Obedezco. El muchacho me cae muy bien, pero me causa un pánico rotundo escucharle articular mis dos nombres. Él se sienta en un sillón y yo pongo mi banqueta junto a sus piernas. Mi cabeza queda a la altura de sus rodillas. La bolsa se rompe. Hay un reguero de frijoles en la mesa.

Este animalito, primer y segundo nombre, es un gorgojo. Se comen los frijoles. No, eso no implica que sean malos: es su comida, pero también es la nuestra. Hay que apartarlos aquí, mirá. También hay que ir quitando los granitos que tienen hoyos: eso significa que ya se los comieron los animales y no queremos eso. No vas a sacarlos todos, pero ya vas a ver cómo flotan después. Buscá piedritas también. ¿Que por qué? Bueno, niña, porque el frijol se seca al sol. A veces lo avientan sobre el suelo, otras sobre el cemento. Sí, como se seca el café. Entonces, a veces aparecen piedritas. Te podés quebrar un diente si la mordés. Metelas aquí, en la bolsa rota. Sí, así.

La pulga, muy pavloviana, brincaba de emoción ante el estímulo positivo. Sigue haciéndolo, de alguna manera. Eso no importa ahora; no hablamos todavía de un ente sin rumbo en un apartamento oscuro y lleno de humo,  tampoco del otro, de paradero desconocido.  Nos ocupa ahora un muchacho acalorado en un domingo cualquiera, preso como siempre de su necesidad de enseñar algo, lo que fuera. De su felicidad genuina al ver que la pulga aprendía.  Este párrafo es absurdamente innecesario. Pasemos al siguiente.

Fijate que los ajos sirven para dar sabor y anular el efecto leguminoso. Ajá, pedos. Si serás bayunca. Bueno, se hace así: traete un cuchillo y una tablita. ¿Cómo te dije que se entregaban los cuchillos? Eso, así. Vaya, pasás con cuidado el borde para pelarlo. Ahora lo cortás finito, casi casi que no se vea. Es para que se deshagan al hervir. Ahora lo metés junto a los frijoles así en la olla, los dejás en agua para que ablanden y luego los ponés al fuego. Eso lo vamos a hacer después; ahorita traete los diarios y leamos. Acordate, si encontrás una palabra que no entendés, allá está el amansaburros.

Una libra de frijoles es una olla enorme. Nótese ahora que ya no hablamos del muchacho ni de la pulga, sino de canasta básica. De un muchacho que cocinaba para lo que en teoría consume una familia entera, a pesar de estar siempre tan solo. La pulga estaba, sí, pero era un apéndice llorón, no una persona. Era demasiado frijol para una persona y un parásito, pero supongo que el muchacho tenía en mente que la muchacha de los vestidos vaporosos estaba sin estar y eventualmente le daría hambre a ella también. Cocinaba, entonces, para una ilusión. Por eso siempre sobraba tanto y llegado el sábado apestaba la casa entera a frijoles ácidos. Es lo que pasa cuando los supuestos señores que en realidad son muchachos no terminan de asimilar la soledad.

Chicharrones

Como cualquier vida que se precie, a esta la definen las ausencias. La mía propia, casi siempre: los lugares en los que no estoy, de quienes me he ido y quienes se fueron. Existo porque no estoy, no tengo ni hago. Hegel estaría orgulloso.

Contrario a lo que parece, esta no es una forma trágica de vivir, al menos no de manera consciente. Mis ausencias no suelen doler porque las vi nacer, las cuidé, las crié y las elegí. Cuando lo hacen, les aplaudo desde la borda como una madre orgullosa. «Mire qué linda mi ausencia, yo le enseñé a doler así», le digo a nadie, mientras soy un mar de lagrimones orgullosos y autogestionados.

Vivir negando, empero, tiene riesgos serios. Voy definiendo a medida de la negación y olvido (descubro ahora que sucede con demasiada frecuencia) que en algún tiempo no dependí de mí y fueron otras personas quienes, de manera premeditada o en un enorme ejercicio de improvisación, eligieron los escenarios, los personajes y las situaciones que más adelante erradicaría de mí con un muy robusto espíritu supresor. Es decir, tengo problemas éticos olvidando escenas que no son del todo mías.  Las mismas, sin embargo, en pleno control de sí, deciden de repente volver para cachetearme y demostrarme que mucha autoafirmación en negativo y mucha estupidez autónoma, pero yo en realidad vengo de algún sitio.

Uno de los escenarios que eligieron para mí fue el mar. Durante doce años, cada fin de semana entre enero y octubre, a veces también durante meses enteros, dos personas me arrastraban hacia un sitio salitroso y mal iluminado que, si me preguntan, diré que odio con frenesí. Era caliente, apestaba a sal, y me forzaba a vivir con quien ostenta orgullosamente el título de la peor persona que he conocido jamás. Esto dice el yo que define en ausencia y olvida diligentemente que tuvo ahí un mar de ostras, leche fresca, patios enormes, fruta colgando de los árboles, una bicicleta (que solo maniobré una vez) y quizá el único espacio en el que me era permitido tener niñez.

Había cosas brutalmente hermosas en ese sitio que decidí odiar con tanto fervor a los veintitantos. Don Balta, por ejemplo. No me imagino otro escenario para la vida de don Balta, un vendedor ambulante que mercaba cachivaches que solo se venden en los pueblos: lo mismo ofrecía veneno para ratas que relicarios, peinetas, pitos y juguetes básicos, ruinosos y adorables que yo anhelaba poseer. Caminaba bajo el sol  hijueputa cargando en su espalda un cajón de madera cuyo interior me resultaba fascinante. Pasaba por la casa de mi abuela cada quince días y cada quince días preguntaba por mi nombre victoriano para regalarme uno de esos juguetes de pueblerina que tan feliz me hacían. Nunca me dio veneno para ratas ni relicarios. Sabio, sabio hombre. No sé si en verdad lograba que alguien le comprase algo. Ahora su existencia me resulta tan romántica como la de los vendedores de enciclopedias Océano o quienes caminan por las zonas residenciales ofreciendo servicios de fontanería: sé que no pueden sobrevivir, que quizá lo saben; que los mueve una mezcla obscena entre hambre y fe. Eso me parte el alma.

También estaba Marcial, un ingeniero que trabajaba en la compañía de alumbrado público. Pasaba a diario por la puerta de la casa de mi abuela, en donde invariablemente me encontraba, y me cantaba una canción que ahora no recuerdo. Toda esta perorata de cosas que en verdad no quiero decir se deben a lo siguiente: Marcial vivía en la capital, pero su madre era oriunda y orgullosa residente de ese maldito puerto salitroso, adoquinado y violento que me hizo conocer la incomodidad que causa a terceros la propia introversión, los circos de pueblo, el infinito desprecio a los mariscos, los bailes y las estrellas reflejadas sobre el mar. No recuerdo el nombre de esa mujer.

En ese sitio hay una generación de setentonas que me recuerda como la hija en perpetuo mutis de mi grácil y brillante madre, la reina y señora de la presencia ausente. Ninguna tiene una imagen más clara de mí que la mamá de Marcial. Su papel en la frágil sociedad del puerto era vender chicharrones en una esquina, lo cual le daba un rol casi chamánico en ese imperio del pescado. El gen ganadero de quien me parió gravitaba hacia al guacal con chicarrones sábado tras sábado, mismos que la setentona (cincuentona en aquel entonces) servía sobre una hoja de almendro y los acompañaba como a cualquier comida de la ruralidad de entonces: con un puñado de sal y dos tortillas, las cuales ausencia n° 2 engullía sin mesura alguna. Nunca comíamos chicharrones en ningún otro sitio.

Para entonces mi vida no era definida por ausencias, sino por notoriedad. No se me veía, no se me escuchaba, a menos que eso fuese explícitamente requerido. Esta cualidad, aprendida por mis padres una vez mi fracaso en sociedad fue notorio (cuando dejé de ser un neonato sonriente, asumo), me daba la oportunidad de poder mirar alrededor en un afán no voyeurista, sino de observación (muy maricamente) participante. Para mí el chicharrón no era entonces solo la tortilla, el cerdo y la sal, sino el callejón adoquinado, la lámpara siempre parpadeante, las hormigas sobre los andenes, las erecciones de los adolescentes ennoviados en las esquinas y el murmullo del mar. Yo miraba, absorbía, como si tomase fotos con la mente para documentar ansiosamente un pasado que luego negaría con tanta convicción que de no ser por ese afán tan voraz de mirar, diría que no ocurrió nunca.

He sido tantas personas distintas desde entonces. Me han definido cosas tan dispares, tan difusas, que negar que alguna vez fueron es el ejercicio de autoconocimiento más honesto del que soy capaz. Ya no soy un modelo de la crianza experimental de la izquierda radical ni tengo el pelo liso ni me quedo en sitios que no me gustan desde que mis piernas son lo suficientemente largas como para irme a placer. De esos tiempos solo conservo el nombre victoriano, burda imposición que me recuerda que vengo de algún sitio. Eso creía yo, al menos, pero entonces mis piernas me llevaron muy al sur, hasta un sitio en donde aún se tejen atarrayas en las calles, al muelle se le llama «muey» y es perfectamente normal desayunar pescado frito con limón. Un sitio en donde los callejones son adoquinados y las lámparas callejeras parpadean, sí, pero no era aquel, no había olor a salitre y las calles estaban llenas de gringos. Sin embargo,  la gente decía «muey» y las estrellas brillaban sobre el mar de la misma manera que lo hacían antes de que a mí me definiera la negación. La noche en que entendí eso lloré como si me hubiesen devuelto algo muy querido. Son cosas que suceden cuando una tiene media botella de ron añejo en la sangre.

Uno creería que definirse en ausencia es vivir muy ligeramente, y a veces lo es. Ligero y liberador. Sin embargo, cuando a este afán de añadir adverbios en negación a los verbos copulativos se le mezcla con un impávido afán de justicia y corazón de pollito, uno está muy a merced de la nostalgia evocada por pendejadas, como por ejemplo una bandeja de chicharrones  en el supermercado. Ñam, chicharrones. Están calientes y hace meses que no los como. Los compro, los llevo a casa y me los como. No saben mal, pero les falta algo. Luego, mientras habla estupideces, uno entiende que no es asunto del chicharrón, sino del escenario. Falta la sal, la tortilla y la hoja de almendro, sí, pero también la lámpara parpadeante, la erección juvenil, el adoquín a oscuras, el murmullo del mar. Falta estar de pie observándolo todo porque al fondo se vive con el miedo de que todo eso lo va a perder;  que algún día, veinte años después, uno (desprovisto de pasado, pero lleno de ausencias sin nostalgia; que tiene el coraje de definirse en negativo y en aridez) volverá a comer chicharrones y caerá en cuenta de que no observaba de manera tan absorta por miedo a perder. Lo hacía porque en el fondo sabía que lo que iba olvidar es que alguna vez tuvo, fue y estuvo, que de ahí viene. Que la aridez y la negación tienen un motivo. Que hay una razón detrás de la nada. Y entonces decidirá comerse un pan con queso, escribir más de la cuenta  y repetir el ciclo ad infinitum o hasta aceptar que hay una parte de su historia que está atada al mar. Y que vale la pena hacer algo con ella.

 

 

 

Begin at the beginning

...and go on till you come to the end: then stop.

A los cobardes nos gustan los inicios. Huelen a nuevo, a Suavitel del amarillo, a mañana de noviembre que tiene viento y tiene sol. Nada está roto aún, pero lo estará. Lo romperemos nosotros mismos. Lo sabemos y nos pesa, a veces, tener tanta destrucción y tanta ruina en las manos. Es porque somos polvo y vigas retorcidas y varillas de hierro que representan un alto riesgo de contraer tétano que nos gusta cómo brillan los inicios, lo frágiles que son. Aparte, empezar implica plástico burbuja. Nadie con alma puede decirle que no al plástico burbuja.

Aparte de cobardes, somos bastante pendejos. Debemos serlo si nos sigue gustando volver a empezar después de tanto. Henos ahí, de todas maneras, empacados y a punto de irnos (de nuevo) de un sitio (nunca igual al anterior) al cual juramos jamás volver. Ya derrumbamos todo. Ya herimos, destrozamos, ya fuimos quienes somos. No habiendo nada más por arruinar, y fieles (como nunca, como a nadie) a nuestra vocación de fracasar, nos vamos.  Sí, de nuevo. Sí, es frustrante. Empero, nada se puede hacer contra la naturaleza de uno mismo.

Irse implica brincar hacia el vacío y poner en ese salto toda la valentía que en otros ámbitos de la vida no soñaría con tener jamás. Valentía, debería constar en algún diccionario, es sinónimo de pendejada. Irse, entonces, implica la valentía de decidir que te vas y no tener adónde ir.  De despertar el día en que te vas sin haber empacado, sin tener cómo mover tu cama, tus libros. De irte y no tener más que $30. Cobardes, pendejos y valientes como somos, brincamos. Y funciona.

A los cobardes nos gustan los inicios atropellados porque deparan siempre cosas bonitas, como que alguien a quien conociste casualmente en un concierto te diga que si aún buscás dónde vivir, hay una habitación disponible. Como aceptar sin haber visto el apartamento, llegar con tus cosas y descubrir que desde tu ventana se ve un árbol de fuego (que el rojo que te ha seguido siempre, que tan por dentro tenés, no va a dejarte, menos ahora). Como que sean dos amigos quienes te ayuden a mover tus cosas y no gastar un céntimo. Como que un par de meses después te ofrezcan un trabajo que queda a un kilómetro de casa. Cosas así, atropelladas y bonitas, que le pasan a cobardes que tienen las manos llenas de polvo y ruinas.

Sin embargo, hay una sombra. Los cobardes construimos siempre pensando en Pompeya. Por eso nos cuestan los inicios. A veces cuesta verle un sentido a volver a empezar cuando uno sabe que lo único que se hace es armar castillos en el aire mientras la tierra vuelve a temblar y regresa al comienzo tímido y atropellado a su humeante ruina natural. Sin embargo, empezar es imperativo. ¿Por qué? Porque hay que hacer todo lo que se pueda.

Hace trescientos sesenta días de ese comienzo en particular. Cuando lo recuerdo, siempre pienso en que cené papas fritas con queso mozzarella durante más de una semana. En que durante meses guardé mi ropa en la caja vacía en la que antes había un refrigerador. En que se me ha vencido la leche como tres veces, que una vez fue la carne la que se echó a perder y que durante meses mis libros estuvieron apilados unos sobre otros. Hoy tengo otras cosas: un espejo con cubitos de colores, una librera que desde el inicio no dio abasto, un sofá que hace siete meses pretendo mandar a tapizar. Una pizarra negra, una que implica un inicio nuevo y requiere más valentía que cualquier otra cosa que haya hecho hasta ahora. Tengo miedo, mucho miedo. No por cobarde, no por marica.  Un comienzo es siempre un asunto monstruoso. Solo hay una cosa que me motiva a empezar: al final, iniciar algo siempre implica plástico burbuja. Nadie con alma puede decirle que no al plástico burbuja.

Apropiación cultural

Al primer hombre de quien me enamoré le gusta mucho el pepino. Esa proposición sería mucho más interesante si fuese un modismo sexual, mas no lo es. Un día sí y el otro también se levantaba a las 5 AM a preparar sandwiches con aguacate y pepino: uno era mejor que la mayonesa; el otro hacía que el pan tronase bien bonito: cronch cronch cronch. Fue una relación larga y tranquila (demasiado larga y demasiado tranquila) que terminó como lo que me involucra: en estruendo, en cólera, en rabia y, eventualmente, en polvo.

Eso último no es cierto. Es tan risible pensar que de repente todo acaba en polvo; casi tan risible y absurdo como jurar amor eterno: eso simplemente no es viable. Nada puede ser eterno en quien por naturaleza es nada. Digamos, pues, que se diluyó en mí y me diluí en él. Eso es más aterrizado. Nos diluimos hasta el punto en que ya no nos dolemos y el sandwich con pepino y aguacate no sabe a cenizas, sino a un cronch cronch cronch que truena bien bonito.

No sé si me enamoré del segundo. Cogimos, más bien. Mucho y muy rápido, de manera antiética. Era una maravilla. Quiso casarse conmigo y yo no con él.  También el muchacho sandwich, pero ese no es el punto. Este sujeto olía a tabaco, todo él, todo lo suyo olía a Pall Mall mentolado. No sé cuántas veces vi al techo que se movía mientras lo único que me anclaba a la tierra era el dichoso olor a tabaco mentolado. Me fui antes de que él se fuese. Me quedé con el cigarro.

Vino una seguidilla de tipos irrelevantes que me dieron cosas más memorables que sí mismos: el tequila sunrise, los cuentos de Chejov, las tostadas con jalea de uva y una marca de detergente. Todo indoloro, todo muy bonito, pura ebriedad, relatos y sábanas que huelen rico. Luego vino él. Acabo de encontrármelo en un vasito desechable.

El hijueputa más hijueputa que conozco, ante quien siempre me sentí como una niñata desamparada, detesta las pasas. Me preocupa no poder hablar de él. Puedo, sí, pero no tengo nada bueno que decir. Yo vi a su humanidad morir, lo vi decirme mil veces que yo la maté; me vi creyéndole y lo vi casi matar la mía propia mientras me decía que si él se hundía, yo también. Ya no duele, ya es polvo, pero no quiero ser injusta. No sé si me quiso. Creo que le podía más un muy mal entendido sentido del deber. Eso sí, detestaba las pasas.

Estamos hablando de un hombre verdaderamente cruel y de un tiempo en el que yo no tenía más visión que un topo. Y de pasas, hablamos de pasas. Este golem de piedra, capaz de matarlo todo, capaz de cercenar emociones propias y ajenas como nadie, era un niño asqueado cuando encontraba una pasa.  Arroz en leche, ron con pasas, galletas de avena, todo lo reducía a un párvulo que escupía su comida porque había encontrado una cucaracha en el plato. Así les llamaba, «cucarachas comestibles». Podíamos estar en medio de una pelea a muerte, pero su cara de niño espantado al notar que había mordido una pasa era capaz de enternecerme como pocas cosas en el mundo.  Hace mucho que de él no hay más que bruma, que entendí que estaba muerto cuando yo lo encontré y que eso no es culpa mía, pero lo recuerdo ante las pasas y vuelve a ser un tipo reservado y muy tímido que no temía a otra cosa más que a volverse el auténtico hijueputa que llegó a ser. Eso recordé hoy que me salió una pobre e inofensiva cucaracha comestible en mi vasito con leche poleada. Y sonreí.

De otros, de otras, tengo más cosas: envolver el pollo en aluminio antes de congelarlo, cortar las hojas de las fresas para que duren más tiempo en la refri; matar el ácido del mango verde lavándolo en sal, meter un calcetín dentro de otro a la hora de guardar la ropa limpia; tomar leche fría como si fuese agua, y tomar notas en clase con portaminas, no con lapicero. Ya no hay nada, ni resentimientos, ni polvo, ni bruma, solo cigarros, pepino, quitar cucarachas de mi comida, detergentes, calcetines hechos bola y pollo envuelto en aluminio. Todo eso, todo ajeno, vuelto mío.

 

 

Técnicas agrícolas pipiles

En el principio existía el Verbo

(Jn 1: 1. Mi versículo favorito de la vida entera).

Hace un mes, alguien me dijo que destruir no era la única manera de crear. Desde entonces tengo el piso frágil.

La verdad es que no sé si me gusta destruir. Sé que es mi método, que funciona porque no me da la oportunidad de volver atrás, por radical. Porque creo que la mano que construye es la única que debe derribar. Porque me conozco y sé que soy débil es que destruyo: para no darme oportunidades de volver.

Seguro que hay maneras más nobles de empezar. Alguien se levanta entusiasmado y proclama que va a escribir un cuento. Se sienta, bosqueja un par de ideas y luego todo fluye. Otra persona decide que tiene una idea, toma sus herramientas y empieza  a hacer, sin más. Sin depresiones intangibles, sin angustia ni tristeza honda. Se sientan, crean, y luego van a ver Quién Quiere ser Millonario en la tele. Nada de sismos psíquicos, nada de derrumbes perpetuos ni cenizas que no dejan de humear. Partos sin dolor. Otro tipo de gente.

Preguntarme todo esto tendría sentido, claro, si yo crease, pero no sé anidar ni contener ni crear ni ser otra cosa que eventuales arranques de furia o tristezas tan antiguas e identitarias que ya llegan a casa tan sin anunciar que me las encuentro en la sala tomándose un café con leche. Furia que ve una oración de cuatro líneas y cuyo impulso no es releer y corregir, sino destrozar y empezar de nuevo.

Sin embargo, cansa. Todo esto cansa. Quisiera que esto no me carcomiera (de la misma manera que quisiera dejar de notar mi espantoso uso de los pronombres relativos), que pudiese yo sentarme y cultivar, hacer crecer las cosas en suelo franco como el del 98% del país; mas no: como el  ídem, yo alojo entes que me dicen que la mejor manera de garantizar que algo germine, florezca y retoñe es aquella de los pipiles: quemar la tierra. Borrar rastro de la cosecha vieja. Arrasar con todo, que se queme, que se extinga, y sembrar entre el humo y la ceniza que no es capaz de determinar quién fue antes del fuego.

Quisiera yo quemarme y que esta necesidad de hacer se esfumase de una vez porque yo no la pedí, no la necesito, y mucho menos sé qué hacer con ella. Destruirme. Quemarme. Esa es mi opción y lo es no porque me guste, sino porque funciona. Sin embargo, desde que me dijeron que no es la única manera, ahora tiemblo de miedo al pensar que la próxima vez que me incinere será la última y quedaré, de una vez y para siempre, sin ninguna posibilidad de volver.

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