Retrato familiar RAF

La forma más sencilla de identificar al huerfanado es yendo a su casa. No todos los huefanados son huraños, por dicha, o mi afirmación se iría al carajo. Hay algunos que por jugar a no tener familia terminan convirtiéndose ellos mismos en un albergue. Esos son los que me permiten sostener mi premisa. Quizá usted mismo ya ha estado en uno de esos hogares de los que hablo hoy.

Es un asunto muy sencillo, en verdad, pero como soy muy perspicaz y lista y observadora y humilde he decidido develar el secreto: al huerfanado lo delatan las paredes y las mesas de su casa. En su casa no hay retratos. Nada de niños cachetones sonriendo con desenfado ni novias de otros tiempos, altivas y envueltas en encaje blanco (¿felices?). Ningún abuelo alcahueto, ninguna abuela bonachona que ríe con la alegriosidad que solo da el saber que uno está por morirse. Nada de ello hay en las paredes de un huerfanado, vamos, ni siquiera la foto de un gato. Habrá cuadros, sí; quizá un calendario. Nunca gente. Jamás familia, mucho menos ellos mismos.

Colgar la foto de alguien, de algo, de algún sitio en el que se fue feliz es un privilegio reservado para la gente entera. Es la única mara que se siente lo suficientemente cómoda como para exhibir en una pared (eso es) lo más privado de su alma. No, definitivamente se requiere de mucha prepotencia para exponer impúdicamente ante el invitado el retrato de una hermana sentada sobre un hipopótamo, del bebé que creció y dejó de amarte, que se convirtió en un auténtico hijo de puta, de la mujer que nunca te vio a los ojos después de coger. Es también algo que hace la gente ingenua.

El huerfanado no tiene nada de eso a la vista pública. Las fotos están ocultas entre los libros, soterradas al fondo de una caja que guarda otras cosas igual de fascinantes, como las facturas mensuales del agua potable. La gente de los retratos sonrientes se va, sabe el huerfanado, y no siempre en buena lid. Lo último que necesita quien decidió pensarse sin familia es tener a sus dolores colgando de un clavo en el que bien quedaría un reloj con la hora oficial de Burkina Faso.

El problema con esto es el siguiente: un huerfanado puede proteger sus dolores colgando de la pared cosas lindas, cosas feas o ninguna en particular, pero no puede prevenir ser el bebé que se convirtió en sacro hijo de puta y que su no-familia conserva en exhibición porque la parábola del hijo pródigo le ha hecho mucho mal a este mundo. ¿Cómo lidia uno con eso?

Preparativos para la hecatombe

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1991

 —¿Cómo te llamás?

VirginiaCarolinaXX

(decía mis nombres y apellidos muy rápido y muy juntos, como si me persiguiesen. El perseguido era otro)

—¿Adónde vivís?

—Coloniaxasldkaslñdjaskdlasdklas, número tal

—¿Qué vas a hacer si no llego?

—Quedarme quieta

—De nuevo, Virginia, ¿qué vas a hacer si no llego?

—Quedarme quieta

—¿Y si nunca llego?

—Vas a llegar

—¿Y si nunca llego pero viene alguien extraño a buscarte?

—Correr

 

Tenía cuatro años. Era la primera vez que iría al kinder.

1993

Mi mamá trabajaba en algún pueblo sobre la carretera a Sonsonate. Durante las vacaciones del colegio me mandaba a vivir con mi abuela para que yo no pasara sola todo el día (nunca sospechó que quizá eso habría sido lo mejor). Le tomaba cuatro horas en tres buses llegar desde el pueblito lumpen hasta el puerto lumpen y visceversa. Yo me sentaba todas las mañanas para verla alistarse y tomar nota de lo que vestía. Anotaba también la hora y la placa del bus en el que se iba. De noche sacaba un banquito y me sentaba frente a la parada del bus  que llegaba de San Salvador para ver en cuál de todos volvía mi mamá, rogando porque volviera. Una nunca sabe cuando la gente ya no va a volver. Nunca es demasiado temprano para prepararse para lidiar con el hecho de que hay gente que nunca va a volver.

1999

Un señor que olía a naftalina me vio fijamente con sus ojitos de topo. Cerraba mucho los párpados, no sé si por astígmata o porque quería parecer tierno:

—¿Con quién querés quedarte, hija?

—Con él

Me fui con el tipo que me dijo que siempre había que huir. No sé si fue la mejor opción. Una mujer usualmente incólume lloraba de rabia detrás del licenciado naftalina. Quizá nunca entendió qué pasó.  Quizá yo no entendí la magnitud de lo que acababa de hacer.

2008

Sedan negro, placa particular 504xxx. Camiseta roja, caquis. 11:30 pm. Sabía que estaba listo para nunca volver, así que decidí irme yo primero, con la dignidad de ser quien deja . Quien pega primero pega dos veces.

2012

—Pero escuchame, que es en serio

 

Escuché. Era en serio. Me quedé. Ahí sigo.

2014

Veintisiete años de estar lista para huir ilesa. De memorizar la ropa que la gente de mi vida usa cada día (en caso de terremoto, de asesinato, de que El Salvador sea El Salvador), las placas de sus carros. De pintar los escenarios más tétricos cuando alguien se tarda cinco minutos y de solo tolerar la misma magnitud de cerotada de la que yo soy capaz. Veintisiete años de no saber quedarme  y sin darme cuenta vine a dar a un sitio del cual  no me quiero mover. Estoy tan cómoda que ni siquiera he buscado salidas alternas. Cuando todo esto estalle me va a llevar la legión de Judas.

Ventanamilpasangreno

Hace un año, durante las primeras vacaciones “normales” de mi vida, me recorrí las cinco provincias de Centroamérica. En marzo tomé un avión hacia Costa Rica. En agosto, un bus a Nicaragua. En diciembre fue el turno de Honduras y Guatemala. Crucé caminos de tierra, de asfalto tan exhausto y quebradizo como los pueblos que recorre; sembradíos de maíz, caña y arroz; repúblicas confesionales y otras socialistas. Todo lo vi con los ojos abiertos de par en par. Quería absorber hasta la última rama que se asomaba por la ventana.

No sé por qué me gustan tanto los viajes largos. Son incómodos. Más allá de ello, llega un momento en el que  se vuelve evidente que una no ve más que la misma casucha a la orilla de la carretera, la misma milpa, la cruz que recuerda a los muertos (¿Cuáles? No importa. Hay tantos…) a la orilla del camino, la cantina montaraz y el niño desnutrido. Sin embargo, tan pronto noto una vacación de más de tres días brinco a buscar otra ventana por la cual ver la copia carbón de la misma miseria repetida cinco veces. Y me emociona tanto que nunca duermo cuando viajo así. Me alborota. Aún no entiendo por qué.

Es mentira, sí lo entiendo: busco algo. La milpa y la montaña tendrían que hablarme. Hay algo en mí que les pertenece. Nací en Centroamérica, esto es lo que (se supone que) soy: barro, sangre, milpas y flores. Milpas enlodadas y flores ensangrentadas.  Flores en las milpas embarradas de sangre. Hay algo en ellas que soy yo, que debería llamarme. Me resultó evidente cada vez que repasaba la historia de Centroamérica: no podés entender una parte sin ver el todo. Me monto en un bus cada vez que puedo y lo persigo con ahínco; doce horas a Managua. Seis a Tegucigalpa. Cinco a Ciudad de Guatemala. Siete horas en bus de San Juan del Sur a León. Cuatro horas de Tegucigalpa a Copán. Seis de San Lucas Sacatepéquez a San Salvador. Minutos y minutos de ver  todos los tonos de verde y café imaginables; de ver cielos, gente, montañas para buscarme, para hallarme, para encontrar algo que toda la vida consideré inherente a mí y que ahora puedo concluir que simplemente no está. Lo que consideré identidad no es más que una circunstancia.

Tengo los ojos de nuevo llenos de valles verdísimos: acabo de pasar otra vez cinco horas en un bus.  Los he observado de nuevo, los propios y los ajenos: me los he tragado con los ojos mientras trataba de recuperarle el amor a esto que se supone que soy, que es parte de mí. No encuentro nada querible, no me encuentro en ellos más allá que en la absurda insistencia en mirar. No mi valle, sino uno cualquiera, como decenas de otros. ¿No estoy o no está en mí? Quizá mi cansancio de la milpa y del sol no sea otra cosa más que una nueva encarnación de mi desarraigo o mi liberación: uno no es la tierra que le tocó. Puede usted ir a ver más allá.

Pero no quiero arrastrar otro luto Estoy aburrida de perder arraigos. Una cosa es jugar a no tener familia y una muy distinta es pensarse sin herencia ni idiosincrasia.  Antes me dolía ir soltando rasgos, gente, afectos. Ahora mis lutos son una sombra que una extraña de repente pero sin verdadera afectación. Los muertos vivos ya no podrán volver. Con ellos, parece, me morí yo también. Ya no quiero mirar por la ventana buscándome tenazmente para volver a no hallarme en nada. Eso que se supone que debo amar no es más que una circunstancia como cualquier otra. Reemplazable. Prescindible. Como todo. Como yo misma.

 

PD: Me queda, empero, la terquedad de bajarme del bus. Los abrazos que se cosechan. El amor regado por entre tanta tierra estéril.

 

Mi cama es un reguero de fotocopias

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I

La página 29 de un libro nuevo me esperaba en casa. Lo compré en febrero, pero apenas ayer tuve tiempo de empezarlo. Tengo que escribir ensayos y un resumen sobre cosas que no me importan; se supone que debo hacerlo para llegar a ser alguien en la vida. No puedo concentrarme: no me interesa el comportamiento verbal. Me importan, sí, el glosario que no he leído y las dos conferencias sobre el nacionalismo. Me llaman la atención, pues. Las leo, aprendo y me gusta, pero no lo anhelo tanto como volver a casa, tirarme en el sillón y volver a la página 29. Quiero que esa sea mi profesión; quiero graduarme de llegar a la página 30.

II

Hoy me contaron que M.I.A. tenía 30 años cuando grabó Arular. Todavía hay tiempo.

III

¿Tiempo para qué?

IV

Para escribir la página 30, quizá.  Lo haré, será malísima, y después seré una persona con metas y objetivos, de esas que triunfan en la vida y creen que todo vendrá si uno se esmera lo suficiente y le pone empeño y determinación. Por fin me interesarán el comportamiento verbal y todas esas cosas inútiles que debo retener para llegar a ser alguien, quien sea, que no sienta culpa por no desear  más que seguir viviendo en mundos que no existen. Puede que ni eso.

319

Debe ser muy extraño dolerle a alguien. ¿Qué implicará, aparte del muy narcisista ejercicio de autoproclamarse alguien lo suficientemente importante como para causarle dolor a otro? ¿Qué es, en concreto, eso que duele?

Yo no sé si duelo; nunca lo he pensado. Siendo honesta, no creo poder doler. No sé si hay algo entrañable en mí. Sin embargo, a últimas fechas me ha tocado hablar con padres cercenados y madres que se presumen incompetentes y entre sus ausencias y angustias me ha dado por ser narcisista y creer que en algún momento quizá yo dolí. Tal vez ahora mismo duelo y no lo sé. ¿Puedo doler? ¿Por qué? ¿Tengo alguna responsabilidad en ello?

Me pregunto qué se sentirá saber que uno duele. ¿Empodera? ¿Qué hace uno con la capacidad de herir? ¿La usa? Eso puedo contestarlo yo: sí, la usa. A propósito. No sé si quiero asumirme con ese poder. Narcisista como soy, me preocupa más eso de que mi ausencia pueda causar pena, nostalgia. Dolor. No lo entiendo.  No lo veo. Es inconcebible.

The wind, the rain and the sunset

Hoy atardeció y yo estaba en casa para verlo. La luz dejó de entrar de repente y todo dejó de ser enceguecedor para volverse entonces plácido, suave. Atardece todos los días, dirán, pero yo había olvidado lo bonito que es ver el cielo palidecer. Hacía mucho que no reparaba en ello.

Tampoco me había puesto a pensar en que ahora tengo gato y familia y amor, todas cosas inasequibles para gente rota como yo. No sé cuándo pasó, pero lo celebro. No existe nada más conmovedor para alguien que vivió con temor de juntar a sus afectos que verlos tomar café o cocinar juntos y saberse uno tan vulnerable y tan tranquilo a la vez. Es aterrador. No sé qué hice para conseguirlo, tampoco si lo merezco, y mucho menos si irá a durar.  Es tan raro y tan nuevo para mí esto de tener.

Sin embargo, en la ventana hay un gato amarillo que dormita en la brisa. Su cola cae y ella ronronea. Es mía porque elige estar conmigo. Mi familia me procura y me empuja a hacer cosas porque ya basta, es hora de dejar de ser tan veleta en la vida.  Y ella dice que me quiere porque sí, porque así son las cosas, porque hay gente que no quiere irse de mí y ella forma parte de esa muestra. Todo esto sucede y yo estoy aquí para verlo y tratar de entender por qué algo tan plácido, tan suave y bonito me pasa a mí.

Cosas que una piensa cuando ve a su mamá (en fotos) por primera vez en más de un año

Yo soy yo. Estoy. A mi alrededor hay zancudos y calor húmedo, pero nada que me impida ser el sujeto cognoscente que soy. Peleé con toda la estructura de mi vida para poder venir y ser y estar y el otro horrible verbo copulativo. Me separé de todo, de todos, y cercené de mí todo aquello que yo era. Tuve que hacerlo para poder ser.  Me enorgullezco de mí, bravo yo por nunca haber pagado con retraso ninguna de mis facturas de la adultez. Soy magnífica.

Soy, sí, pero también fui. Huí. Atrás quedaron, entre otras cosas, sombras que me duelen con la misma intensidad que las alejé de mí. Las tengo sobre la espalda, me llaman por mis dos nombres cuando hago algo que se supone no debo hacer, como comprar Chocokrispis en lugar de cereal que sabe a cartón, enamorarme de una mujer o empecinarme en fracasar. Son tótems. Los aborrezco con rabia. Me defino en virtud de no ser nada de lo que mis tótems, atemporales, enormes e invencibles,  pensaron para mí.

Un tiempo después, mientras me regodeo en las bondades de ser este ente magnífico y con gran potencial que soy, mis representaciones de la autoridad aparecen  ante mí (digitalmente). Quiero odiar, dolerme, ser vehemencia pura, mas no puedo. Mi tótem más fuerte ha envejecido cantidad y se ve ahora débil, con canas. La fortaleza inquebrantable de antaño, la coquetería refinada, los ademanes fríos, todo se ha ido. Queda hoy una señora que aparenta más de su edad, las canas, la piel que cae.  Ella en el cumpleaños de un feto ajeno. Ella cargando hijos ajenos, cuando pasó años negándose a hacerlo. Envejece. Se debilita. No corresponde para nada al ente del cual huí azotando puertas y jurando jamás volver.

Me pregunto, entonces, qué tan válido es ser esta criatura pagafacturas magnífica que soy, cuando esto implica una cercenación total de quien fui. ¿Uno puede ser por sí mismo? ¿No viene uno de un sitio, no pertenece a, no es moldeado por un sinnúmero de peculiaridades que lo hacen ser uno, ente magnífico A, y no personita regular B? ¿Qué derecho tengo yo de otorgarle cualidades mitológicas a alguien que no es más que un ser decadente, al borde de la vejez?

Lo único que sé es que mi mamá ha envejecido y yo no estuve para verlo. Sé que morirá sin que yo me acerque. Es lo mejor. O al menos eso creía.

Sintonizar

Es la noche de un miércoles cualquiera y han coincidido ciertos eventos. El recibo de la electricidad factura menos de la mitad de lo que uno había presupuestado. El piso está limpio y la casa huele a lavanda; podés, por fin, caminar descalza. Vas a la cocina, abrís la refrigeradora y cenás panes con aguacate y cuajada, cosa que se te antojó hace un par de horas. Los trastes (la vajilla crema con un cintillo rojo) están todos limpios. Tu corazón palpita de manera extraña y parecería que en vez de bombear sangre, trina. Te sentás en el sofá cama rojo, conectás la laptop al televisor más grande que has tenido jamás y ves una película de gente como vos, pero en otros ámbitos. Un gato, tu gato, te ronronea al oído. El ciclo de lavado de tu ropa ha terminado; el cigarro se apagó. Las ventanas están abiertas de par en par y fumás de puertas para adentro. No lo viste venir, pero ya está acá.  Todo lo que querías está en tus pies descalzos, tu piso olor a lavanda y los arañazos de tu gato en el sofá. Ya no hay excusas. Ya podés ser vos.

Teoría del papel

Durante mucho tiempo he pensado a qué huelen las casas familiares, las que se supone que uno nostalgia. En el primer piso de mi edificio vive una familia que a diario cena frijoles deshechos con plátano frito. Quizá huelan a eso. También, pensé alguna vez, pueden oler a carne guisada con papas. He descartado ya, quince meses después, que las casas huelan a manteles con cerveza o a humo de cigarro. Las casas, las locales, huelen a frijoles ablandándose; a ajo, quizá a cebolla, a medir la sal. Es ahora que hablamos del ente desarraigado con antojo de casamiento*, de frijol rojo de seda. De tortillas calientes. Acá empieza la tercera parte de este cuento.

Convivir con la soledad es aprender a medir los frijoles que hay que cocer. Agarrar una taza, llenarla con los granos de una bolsa (previamente abierta) que tu rumi ha guardado en el balde de los cereales. También es caer en cuenta que llevás quince meses viviendo en un sitio y todavía no sabés adónde venden tortillas. Supongo que esto es una expresión reducida de la nostalgia absurda que lleva a seres inteligentes y migrantes a reunirse con compatriotas una vez llevan cierto tiempo en un sitio que no es el propio. Es, de hecho, el mismo fenómeno: las nostalgias son traiciones pequeñitas que vienen de lugares insospechados. Uno responde ante ellas lo mejor que puede. Dado que jamás he podido presumir de dignidad, yo sucumbo. Como siempre.

Quizá mi idea está mal formulada: aceptar la soledad es reconocer que no es necesario cocer una libra de frijoles a la vez. Apropiarse de la idea de que uno puede cocinar cantidades chicas y olvidar que a la hermana no le gusta la cebolla o que el hermano prefiere que los granos no queden tan blandos. Viene entonces la redefinición del concepto.  La aceptación y el progreso. La satisfacción del yo que ya no piensa en la consecuencia que su accionar culinario pueda tener en los entes inmediatos, porque no hay tal cosa. Procede, entonces, a dejar de pensarse pulga y verse ya como el muchacho extraviado, tan desconectado él todo el tiempo. A eso le llama empoderamiento.

Ya no es un domingo caluroso, sino con lluvia. La ropa recién lavada no va a secarse. La mesa de ahora es de un tamaño adulto estándar y puedo apoyar los codos sobre ella. La cubre un mantel, gasto suntuoso que mi austero pasado jamás habría permitido. Hace mucho que el muchacho es un señor. Han pasado diez años exactos desde que el muchacho y la pulga pudieron tener una conversación en pleno. Mi condición pavloviana persiste, pero ahora soy un ente que persigue con ahínco solo dos cosas: el enfisema pulmonar y que ablanden los frijoles. Nadie explica nada. Nadie habla. No hay nadie. No sé si en verdad lo hubo alguna vez.

El ente sin raíz se  para, busca a tientas el papel  periódico, el cuchillo y el ajo. Lleva luego la olla de metal y la taza con frijoles. Se supone que en estos tiempos (pacíficos y posmodernos) los frijoles se empacan y se venden ya limpios. No importa: el rito exige que los revise y los depure. Se fuma de puertas para adentro. Se llena la casa de humo. Se evade activamente pensar en qué tan chistoso es haber mutilado cualquier vínculo familiar solo para venir a sentarse frente a una mesa con la tablita y los dientes de ajo; lo cortás finito, casi casi que no se vea. Es para que se deshagan al hervir. Ahora lo metés junto a los frijoles así en la olla, los dejás en agua para que ablanden y luego los ponés al fuego. En que eso pase, que sea posible que pase, sin que mi frente llegue a la altura de las rodillas de un muchacho confundido que nunca supo dimensionar que a pesar de deber ser un señor casado, padre de familia, con responsabilidades laborales y políticas, no era más que un carajo huyéndole con prisas al momento de aceptar cuán solo estaba.

El epílogo de la vara es que una taza de frijoles basta para una sola persona. Que hay que comprar ablandador, porque los Dany (marca elegida por la rumi) son más duros que mi consciencia. Que quizá haya que expandir la definición de cocinar y comprar requesón y crema; pensar en sofreír frijoles deshechos, hacer arroz para volverlo casamiento; quizá comprar tomate y cilantro para hacer frijoles borrachos, de todas maneras ya hay salsa negra. A la mejor buscar un aguacate…

Creo que es mi momento más salvadoreño de la vida

Creo que es mi momento más salvadoreño de la vida


*Casamiento: frijoles enteros mezclados con arroz. No, no hablaba de matrimonio. Jesús bendito.

Rituales proletarios

Había una mesa negra, sí, pero era muy baja. Un adulto tenía que sentarse en el suelo para poder usarla. A mí me servía: yo era una pulga y el borde de la tabla me llegaba a la altura de la frente. Tenía que sentarme en una banqueta de madera, tan rústica y atemporal como la mesa que intentaba alcanzar. Nunca supe de dónde salieron ambas. Esa es la primera parte de este cuento.

La segunda es un señor, más bien un muchacho, caminando, cargando una olla de metal y una libra de frijoles metida en una bolsa transparente. Me llama, diciéndome que consiga una hoja de periódico viejo y la extienda sobre la mesa. Obedezco. El muchacho me cae muy bien, pero me causa un pánico rotundo escucharle articular mis dos nombres. Él se sienta en un sillón y yo pongo mi banqueta junto a sus piernas. Mi cabeza queda a la altura de sus rodillas. La bolsa se rompe. Hay un reguero de frijoles en la mesa.

Este animalito, primer y segundo nombre, es un gorgojo. Se comen los frijoles. No, eso no implica que sean malos: es su comida, pero también es la nuestra. Hay que apartarlos aquí, mirá. También hay que ir quitando los granitos que tienen hoyos: eso significa que ya se los comieron los animales y no queremos eso. No vas a sacarlos todos, pero ya vas a ver cómo flotan después. Buscá piedritas también. ¿Que por qué? Bueno, niña, porque el frijol se seca al sol. A veces lo avientan sobre el suelo, otras sobre el cemento. Sí, como se seca el café. Entonces, a veces aparecen piedritas. Te podés quebrar un diente si la mordés. Metelas aquí, en la bolsa rota. Sí, así.

La pulga, muy pavloviana, brincaba de emoción ante el estímulo positivo. Sigue haciéndolo, de alguna manera. Eso no importa ahora; no hablamos todavía de un ente sin rumbo en un apartamento oscuro y lleno de humo,  tampoco del otro, de paradero desconocido.  Nos ocupa ahora un muchacho acalorado en un domingo cualquiera, preso como siempre de su necesidad de enseñar algo, lo que fuera. De su felicidad genuina al ver que la pulga aprendía.  Este párrafo es absurdamente innecesario. Pasemos al siguiente.

Fijate que los ajos sirven para dar sabor y anular el efecto leguminoso. Ajá, pedos. Si serás bayunca. Bueno, se hace así: traete un cuchillo y una tablita. ¿Cómo te dije que se entregaban los cuchillos? Eso, así. Vaya, pasás con cuidado el borde para pelarlo. Ahora lo cortás finito, casi casi que no se vea. Es para que se deshagan al hervir. Ahora lo metés junto a los frijoles así en la olla, los dejás en agua para que ablanden y luego los ponés al fuego. Eso lo vamos a hacer después; ahorita traete los diarios y leamos. Acordate, si encontrás una palabra que no entendés, allá está el amansaburros.

Una libra de frijoles es una olla enorme. Nótese ahora que ya no hablamos del muchacho ni de la pulga, sino de canasta básica. De un muchacho que cocinaba para lo que en teoría consume una familia entera, a pesar de estar siempre tan solo. La pulga estaba, sí, pero era un apéndice llorón, no una persona. Era demasiado frijol para una persona y un parásito, pero supongo que el muchacho tenía en mente que la muchacha de los vestidos vaporosos estaba sin estar y eventualmente le daría hambre a ella también. Cocinaba, entonces, para una ilusión. Por eso siempre sobraba tanto y llegado el sábado apestaba la casa entera a frijoles ácidos. Es lo que pasa cuando los supuestos señores que en realidad son muchachos no terminan de asimilar la soledad.

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