Hace poco más de un año, el 12 de junio, me operaron y no me morí.
Poco antes, un médico me dijo que mi cuerpo no era mío.
Sigo viva. Mi cuerpo sigue sin ser mío.
Es muy fácil obviar la gravedad de la situación cuando uno es periferia. No veo noticias porque es mi elección no hacerlo. No tengo hijos por el mismo motivo. Hasta hace un año, nunca pagué por medicinas ni por consultas médicas. Tenía privilegios, aunque no lo notase. Eso ya no es así.
Tengo una relación muy conflictiva con mi útero, mis trompas de falopio y mis ovarios. El pleito era unilateral, al menos hasta el año pasado, cuando decidieron dolerme en putas y hacerme ir de emergencia a un ginecólogo. El veredicto fue que no ovulo y no puedo tener hijos (wujú), y que mi útero y mis ovarios están probablemente más jodidos que la administración pública. Que no hay esperanza de que se arreglen y que probablemente mi única opción sea desangrarme hasta que llegue la menopausia, si no es que uno de mis ovarios explota y me muera yo antes de dejar de ser útil a la sociedad mediante mi fertilidad. La solución es simple: operar y sacarlo todo. Lo sabía el médico, lo sabía mi mamá, lo sabía yo. Lo pedí. Me dijeron que no, que soy muy joven, que no sé qué quiero, que qué voy a ofrecerle a mi marido (?).
Es muy fácil vivir en la periferia, creyendo que uno es independiente, que su cuerpo le pertenece. Sos mujer, pagás tus propias cuentas, tenés métodos de control natal, trabajás y estudiás. Dominás todo, o eso creés. Luego, cuando tus ovarios deciden odiarte con tanta fuerza como vos los odiás a ellos, te toca romperte el hocico de frente con el hecho de que un hombre de sesenta años y con tres divorcios a cuestas cree saber más de tu plan de vida que vos misma y se niega a darte la única opción que se tiene por seguro que va a funcionar. Que tu mamá, quien es también médico, se planta frente a vos con el mismo estoicismo y te dice que el señor tiene razón, que no sabés qué querés de tu vida, que te vas a arrepentir. Tu útero y tus ovarios no son tuyos, entonces, muy a pesar de que nunca vayan a servir para la misión de darle hijos a tu marido y honrar así al reino de dios. Esto es cierto, por mucho que yo opte por ignorarlo
Tuvieron que hacerme cuatro biopsias: dos no sirvieron, una dio resultados inconclusos y la última diría que mi útero será inútil, pero no tiene cáncer. Las biopsias se hacen con una especie de arpón que te arranca pedazos de útero. Es la cosa más dolorosa que he pasado en mi vida (eso cuenta las veces que me he quebrado el brazo, cuando me quebré los dedos, la columna sacra y la rótula). Creo que nunca me he sentido tan violada como entonces y jamás voy a olvidar que mientras yo pegaba alaridos, mi mamá se limitaba a ver el piso. Quizá se congeló, no sé. El punto es que tomé entonces la muy idiota decisión de no volver a pedirle que me acompañase al médico. Dos semanas después, me desdije mientras tiritaba del dolor y ella me gritaba porque no podía tomar mi vena. Luego siguió gritando cuando le pedí que saliera del quirófano en el que me operarían porque no era ético que ella estuviese ahí. Más tarde, cuando desperté de la anestesia y le pedí que se fuera a casa, ya no gritó. Creo que fue la última vez que me vio a los ojos. A la fecha, haría lo mismo: no creo que a nadie le guste ver a su mamá dormir en una incomodísima silla de hospital.
El domingo caminaba y vi un mupi de la presidencia Funes en la que decía que la protección de los derechos de las mujeres eran prioridad de la gestión gubernamental. Mis ovarios decidieron entonces darme una puñalada que casi me pone a llorar del dolor a media calle. Los mismos ovarios que no me quitaron porque no son míos, muy a pesar de que la excusa fue la menopausia prematura y tanto el doctor como yo sabemos de terapias de sustitución hormonal para esos casos. Luego pensé que lo mío era una estupidez comparado con el caso de mi amiga a quien el médico se negó a esterilizar porque «no le hemos preguntado a tu marido», el de Beatriz, y el de otra mujer con seis semanas de embarazo de un producto con síndrome de Down e hidrocefalia que no puede abortar, pero al cual el gobierno tampoco ayudará a sostener, ni a brindar atención psicológica, porque todo lo remedia con una escuelita de educación especial. Entonces ya no me dolieron los ovarios, sino el hígado.
Mi vesícula no servía y me la quitaron. Era mía.
Mi útero no sirve, pero todavía lo tengo. Ese es de mi marido. Y del gobierno de El Salvador, parece.
