Aniversario 2

Hace poco más de un año, el 12 de junio, me operaron y no me morí.

Poco antes, un médico me dijo que mi cuerpo no era mío.

Sigo viva. Mi cuerpo sigue sin ser mío.

 

Es muy fácil obviar la gravedad de la situación cuando uno es periferia.  No veo noticias porque es mi elección no hacerlo. No tengo hijos por el mismo motivo.  Hasta hace un año, nunca pagué por medicinas ni por consultas médicas. Tenía privilegios, aunque no lo notase. Eso ya no es así.

Tengo una relación muy conflictiva con mi útero, mis trompas de falopio y mis ovarios. El pleito era unilateral, al menos hasta el año pasado, cuando decidieron dolerme en putas y hacerme ir de emergencia a un ginecólogo. El veredicto fue que no ovulo y no puedo tener hijos (wujú), y que mi útero y mis ovarios están probablemente más jodidos que la administración pública. Que no hay esperanza de que se arreglen y que probablemente mi única opción sea desangrarme hasta que llegue la menopausia, si no es que uno de mis ovarios explota y me muera yo antes de dejar de ser útil a la sociedad mediante mi fertilidad. La solución es simple: operar y sacarlo todo. Lo sabía el médico, lo sabía mi mamá, lo sabía yo. Lo pedí.  Me dijeron que no, que soy muy joven, que no sé qué quiero, que qué voy a ofrecerle a mi marido (?).

Es muy fácil vivir en la periferia, creyendo que uno es independiente, que su cuerpo le pertenece. Sos mujer, pagás tus propias cuentas, tenés métodos de control natal, trabajás y estudiás.  Dominás todo, o eso creés. Luego, cuando tus ovarios deciden odiarte con tanta fuerza como vos los odiás a ellos, te toca romperte el hocico de frente con el hecho de que un hombre de sesenta años y con tres divorcios a cuestas cree saber más de tu plan de vida que vos misma y se niega a darte la única opción que se tiene por seguro que va a funcionar. Que tu mamá, quien es también médico, se planta frente a vos con el mismo estoicismo y te dice que el señor tiene razón, que no sabés qué querés de tu vida, que te vas a arrepentir. Tu útero y tus ovarios no son tuyos, entonces, muy a pesar de que nunca vayan a servir para la misión de darle hijos a tu marido y honrar así al reino de dios. Esto es cierto, por mucho que yo opte por ignorarlo

Tuvieron que hacerme cuatro biopsias: dos no sirvieron, una dio resultados inconclusos y la última diría que mi útero será inútil, pero no tiene cáncer. Las biopsias se hacen con una especie de arpón que te arranca pedazos de útero. Es la cosa más dolorosa que he pasado en mi vida (eso cuenta las veces que me he quebrado el brazo, cuando me quebré los dedos, la columna sacra y la rótula). Creo que nunca me he sentido tan violada como entonces y jamás voy a olvidar que mientras yo pegaba alaridos, mi mamá se limitaba a ver el piso. Quizá se congeló, no sé. El punto es que tomé entonces la muy idiota decisión de no volver a pedirle que me acompañase al médico. Dos semanas después, me desdije mientras tiritaba del dolor y ella me gritaba porque no podía tomar mi vena. Luego siguió gritando cuando le pedí que saliera del quirófano en el que me operarían porque no era ético que ella estuviese ahí. Más tarde, cuando desperté de la anestesia y le pedí que se fuera a casa, ya no gritó. Creo que fue la última vez que me vio a los ojos. A la fecha, haría lo mismo: no creo que a nadie le guste ver a su mamá dormir en una incomodísima silla de hospital.

El domingo caminaba y vi un mupi de la presidencia Funes en la que decía que la protección de los derechos de las mujeres eran prioridad de la gestión gubernamental. Mis ovarios decidieron entonces darme una puñalada que casi me pone a llorar del dolor a media calle. Los mismos ovarios que no me quitaron porque no son míos, muy a pesar de que la excusa fue la menopausia prematura y tanto el doctor como yo sabemos de terapias de sustitución hormonal para esos casos. Luego pensé que lo mío era una estupidez comparado con el caso de mi amiga a quien el médico se negó a esterilizar porque «no le hemos preguntado a tu marido», el de Beatriz,  y el de otra mujer con seis semanas de embarazo de un producto con síndrome de Down e hidrocefalia que no puede abortar, pero al cual el gobierno tampoco ayudará a sostener, ni a brindar atención psicológica, porque todo lo remedia con una escuelita de educación especial. Entonces ya no me dolieron los ovarios, sino el hígado.

 

Mi vesícula no servía y me la quitaron. Era mía.

Mi útero no sirve, pero todavía lo tengo. Ese es de mi marido. Y del gobierno de El Salvador, parece.

 

Descubrimiento de las 11:37

Cualquier cantidad de textos espantosos se publica por cuestión de amistades y conexiones. El talento no tiene nada que ver.

Lienzo negro

De pequeña era muy tímida, quizá demasiado. Era un robotito entrenado para decir «buenos días, señor», «con permiso» y«muchas gracias» con la dicción graciosa de los niños criados para ser perfectos. Supongo que estoy llamando timidez al miedo. Era yo muy tímida.

Rara vez me separaba de mi papá, ese gigante  de voz pausada que una vez a la semana se paraba frente a un montón de extraños (para mí, no para él) a hablar de articulación, de estrategia, de alianza gremial y formación política. Tomaba un yeso y escribía con su letra de maestro esas palabras grandotas que yo pronunciaba con tanta severidad. Era todo inmenso: las palabras, los conceptos, él. Yo no entendía nada, pero todo sonaba solemne.

Las tardes de los sábados eran eso: una pizarra, muchos sindicalistas, un treintañero atribulado pretendiendo ser todo lo que de él se esperaba; una señorita criada para la perfección y la construcción del hombre nuevo: sentada con las piernas cruzadas, con el overol impoluto, con la dicción y los modales  perfectos a los cuales la gente llamaba educación y que ahora entiendo no eran más que miedo de desilusionar a mi papá. Un robotito  con todo, menos los cinco años  de la niñez sin rosado, sin faldas y sin muñecas. Eso sí, había un hombre inmenso, había yesos y pizarras.  Había sábados en la tarde en los que mi papá era lo que siempre quiso ser: un maestro.

Me fascinaban las pizarras y el sonido del yeso sobre ellas. A medida crecí, me di cuenta de que mi mente funciona con flujogramas y esquemas: todo lo entiendo si es que tiene un orden. Era muy fácil hacer mis esquemitas en papel, pero habría sido magnífico poder tener una pizarra y yesitos de colores para cada palabra de enlace. Sin embargo, según mi casa, no era necesario ni eso ni un pupitre ni una cámara, las únicas cosas que recuerdo haber anhelado tener. Ni siquiera me atreví a pedirlas. Aparte de tímida, era yo adoctrinada: si no es vital, no es necesario. Y así fue. De alguna manera, así sigue siendo.

Quizá sea por todo ello que ahora la adultez me resulta un tiempo para parecerme más a la niña adoctrinada que pronunciaba palabras grandotas; quizá incluso sea el tiempo de hacer las paces con ella y entender sus miedos. Todavía prefiero anhelar de lejos, todavía prefiero callarme y decir «buenos días, señor», «con permiso» y «muchas gracias» con la dicción graciosa de las amables señoritas que no quieren que el mundo sepa que todo les hierve por dentro. Sigo siendo muy tímida, pero ya no soy impoluta.

Es hasta ahora que escribo esto que caigo en cuenta de cuánto miedo tenía yo de pequeña a los estados naturales de mis papás. Era todo siempre una olla a presión y yo rara vez me atrevía a hablar si no era para responder a una pregunta. Quizá por eso fue tan fácil cortar comunicación:  es que en verdad nunca tuvimos una conversación que no iniciasen ellos. Yo nunca hablé. Quizá por eso ahora me cuesta tanto callarme.

Luego de las pizarras, los pupitres y las cámaras, yo anhelé paredes blancas y casas sin puertas. Transparencia, en pocas palabras. Ahora no concibo cómo podría yo manejar tanta exposición cuando lo mío es esconderme, ver de lejos la falsa y poco digna felicidad ajena mientras yo hiervo; mientras una horda de imbéciles es auténticamente feliz al mismo tiempo en que yo corto, mato, entierro, borro, tatúo, inhalo y perforo para ver si así logro dos segundos de paz, pero  eso nunca ocurre.  Lo único que consigo es sentir que la vida es demasiado hijeputa, que me debe demasiado y alguien tiene que empezar a pagarme.

Pienso que quizá todo eso ocurre porque en realidad no hablo. No lo hice hace veintún años y no lo hago hoy, porque la opción sigue siendo la superioridad moral del silencio que elegí. Las señoritas que dicen «buenos días, señor», «con permiso» y«muchas gracias» son demasiado diáfanas y etéreas para mí, tan burda y tan concreta. Yo no puedo con la transparencia ni con la luz ni los lienzos blancos. Yo no puedo con tanta exposición.

Decía, entonces, que quizá los veintitantos son ese tiempo en el que uno hace las paces con el yo de la infancia, tan apparatchik y tan tembleque. Ahora cuelga de la pared una pizarra grande; tengo también yesitos de colores. Quizá ahora mi yo de hace veintiún años se atreva a decir algo que no sea «buenos días, señor», «con permiso» y«muchas gracias».

lienzo

 

 

 

 

Aniversario 1

Vengo tres semanas tarde. Hace un año y tres semanas, yo pedí permiso en el trabajo para salir una hora antes. Tenía una cita a las 6:00 PM en un sitio al cual jamás creí ir: el consultorio del terapista. Ya ni siquiera recuerdo por qué decidí ir, pero la cita era el 7 de mayo a las 6 PM.

Quisiera recordar qué me llevó a pedir que me recomendasen a un terapeuta, pero creo que tiene que ver con la universidad. Estaba todavía en Derecho y tenía al peor profesor del mundo, un vato que afirmó en clase que la Reforma Agraria databa de 1995, casi veinte años después de cuando en realidad iba a pasar. El 7 de mayo era lunes y no recuerdo si fui a clases o no.

Recuerdo, eso sí, que pasé a la biblioteca antes de ir al terapeuta y saqué un libro de un tal Herman Hesse. Recuerdo que empecé a leerlo mientras esperaba mi turno en el consultorio. Sin embargo, lo que mejor conservo es el momento en que mi cabeza hizo boom:

«…como la vida de todos los hombres que ya no quieren mentirse a sí mismos…».

Justo entonces llamaron mi nombre y entré a una oficina que se parecía demasiado a los casting couch de inundan XVideos. No recuerdo qué pasó y supongo que es para bien. Lo que sí sé es en qué página del libro me quedé y que llegué a mi casa a seguir leyendo.

El siguiente lunes fue distinto porque sí recuerdo una sola cosa:

«Oíme bien: cambiate de carrera ya. Nunca vas a ser feliz en Derecho. Terminala cuando sea para vos nada más un asunto funcional».

Fue la última vez que llegué, pero dos días después fui a tramitar el cambio de carrera.

El párrafo anterior tiene menos ritmo que el alemán de la delegación de observadores electorales de la UE que bailaba frente a la tarima en la cual yo estaba el día en que Funes ganó las elecciones (éramos tan jóvenes). La verdad es que no había manera de enlazar la idea de cambiar de carrera con la auténtica demolición que le siguió.

A uno le dicen que los libros indicados cambian vidas, no que las demuelen. Yo, fan del martillito de Neitzsche, y creyente de equis cantidad de sinsentidos, veía cómo el dichoso libro derrumbaba las nociones que tanto me costó adquirir. Me decía que era erróneo todo lo que yo quise hacer, que mi responsabilidad era conmigo y con los barcos amigos que de repente aparecerían para asegurarse de que yo llegase a algún sitio. Creo que jamás he estado tan desesperada.

Demian y el 7 de mayo son el primero de tres eventos fortísimos que se me juntaron en cuestión de tres meses. No volví a poner un pie en terapia (ahora creo que quizá debería, aunque las razones son distintas), no volví a tener raíz alguna, y de una extraña manera eso es lo mejor.

Un año y tres semanas han pasado desde el día en que leí que quizá lo que pasaba es que yo era uno de esos hombres que han decidido dejar de mentirse a sí mismos. Era cierto. Ahora me miento sobre otros temas, quizá tan fundamentales como los que eran la mentira de antes; pero sé que me estoy mintiendo.

No sé si mi vida de ahora, tan radicalmente distinta a la de hace un año y tres semanas, sea buena. Lo es para mí, a pesar de estar cuantitativamente mucho más sola que entonces (es imposible afirmar lo mismo si evalúo el asunto cualitativamente), a pesar de ser otra persona.  Hesse me enseñó que eso es lo único que importa.

El punto es que he venido tres semanas tarde a hablar de un libro que llegó quizá diez u once años después de lo recomendado, asegún.   Quizá si lo hubiese leido a mis catorce o quince años, no habría pasado por la mitad de las cosas que pasé. Quizá sería yo mucho más prepotente que ahora. Me conozco, sé que así sería. Qué bueno que el terremoto vino cuando ya tenía capacidad de admirar mi propia devastación.

Vine tres semanas tarde, pero vine.

Quizá deba volver a la terapia. Me pregunto si el tipo tendrá la misma clínica.

Binoculares

Cada vez me cuesta más trabajo venir acá y hablar como antes. Ya no puedo, como debe de ser. Ya no es natural. Lo extraño un poquito, he de admitir. Ahora vengo, escribo un par de cosas con el afán de ocultar, no de decir. Empero, la necesidad de articular existe; supongo que es comparable a rascarse  una picada de zancudo hasta que sangre: duele, es inútil, pero toca. Lo bueno es que por fin descubrí el silencio. El asunto consiste en dejar hablar a otra gente.

Es una cosa maravillosa eso de cederle la voz a alguien y que me cuente un cuento, nunca lo había pensado. A mí ya no me gusta hablar porque estoy harta de mí y mi sonsonete ahora sin base, pero abrís un artefacto, leés una serie de caracteres porque por suerte te enseñaron a decodificarlos y ahí tenés un universo de gente que no existe (¿será?), de cosas que no pasaron (¿será?) en sitios que a la mejor sí existen pero no tenés manera de saberlo porque tendrías que estar en los ojos del cuentacuentos y no lo estás. Te han prestado un par de binoculares, nada más. Te ponés unos, ves un mundo.  Te los quitás, ya no existe. Binoculares, eso tenés. Es impresionante.

Pasé mucho tiempo sin leer ficción y otro más largo sin saber cómo volver. Quisiera poder enlazar ahora a mi yo de 2009 que pedía con soberbia que le recomendaran algo para leer pero que por piedad de Jesucristo no le recomendaran a Vargas Llosa porque maldito hijueputa malparido para ser asqueroso y neoliberal y qué cabrón tan cerote, en la vida toco un libro suyo. Conversaciones en la catedral es mucho muy lindo. Mi yo de 2009, con elecciones recién ganadas, vomitaría sangre. Yo estoy muy feliz. En cada capítulo se intercalan cuatro, seis voces a cada rato y me era muy difícil llevar el ritmo al inicio. Una vez uno comprende lo que pasa, es una delicia. No son un par de binoculares, son cuatro, cinco, seis. Vargas Llosa será un cabrón, un hijueputa malparido, un neoliberal de mierda, pero escribe bonito. Me alegra poder darme cuenta de ello y que ya no me conflictúe.

Leo eso y otro libro con muchas voces que se quedan quietecitas en sus capítulos y no se meten en la versión del otro. Es entretenido también. Es lindo dejar que hable otra gente. Quizá mi necesidad de hablar no sea otra cosa que haber fallado en el intento de encontrar quién me cuente un cuento. Subsanada ahora, descubro que vivir dejando que otros hablen es bonito, hay más calma. Funciona.

Desear en concreto, desear en abstracto

14 de febrero de 2013.

Iosef Stalin, uno de mis gatos, ha matado ayer a una libélula. Mi hermana me contaba que al insecto le fallaba un ala y que había quedado tirado en el piso sin poder volar. Stalin la notó y no se precipitó, no. El gato esperó. Se echó pacientemente sobre una silla, acechó desde lejos y brincó sobre la libélula una vez estuvo seguro de que esta no iría a ningún lado. Quiso y tuvo. Es un gato, le resulta natural. Me gusta mucho la manera de desear de los animales cazadores: el silencio, la calma, la habilidad de contenerse ante la expectativa. Me gusta porque yo no la tengo. Es decir, tengo el silencio y la habilidad de contenerme, pero no la calma. Soy demasiado transparente y mi ebullición se vuelve obvia aunque no lo quiera. Es por eso que tomé la decisión de no desear nada.

Valga decir que esta es probablemente la decisión más contranatura que he tomado en mi vida. Es el agua decidiendo no mojar. Podría ahora hablar de las fallas de mi carácter, pero eso vendrá luego. Es necesario decir antes que desear es profundamente animal, es instintivo. El gato doméstico mata por placer; no necesita, pero desea. Debe poseer. No necesita, pero ve algo y siente en su sangre la urgenciade hacerlo suyo. Va, acecha, lo obtiene. Es un gato y le resulta natural.

 

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En algún momento de 2012 o 2011.

«No sé, no me gusta y debería de. Creo que es porque no lo elegí yo».

 

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26 de marzo de 2013.
Bar Buenos Aires, San José, Costa Rica.
(Ricos nachos. Mil colones por una Imperial. Hay wi-fi.)

 

—Pues la mae lloraba y lloraba diciendo que ella de verdad deseaba un hijo mío.

—Pero a ver, ¿vos en serio querés tener un hijo?

—¿Tener un hijo yo?

—Ajá, ¿deseás tener un hijo? No con ella; así, en abstracto.

—¿En abstracto? En abstracto como cuadro de Pollock, sí.

 

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Era marzo de 2006 y yo estaba dentro de la biblioteca de la universidad. Junto a mí estaba una de esas personas que uno jura querer por siempre hasta que el asunto se consume, usualmente eso toma tres o cuatro meses. Buscábamos un libro para mí entre los estantes del segundo piso: Derecho, Literatura latinoamericana, Ciencias Políticas. Un muchacho de camisa a cuadros subió intempestivamente las escaleras que daban al tercer piso. No me vio, pero yo a él sí. Le dije a quien me acompañaba una sola cosa: «él».  Él fue él durante poco más de cinco años. Me destrozó y eso ahora no importa; fui yo quien elegí.

Hay quien puede permitirse escoger con cautela la mano del verdugo.

 

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9 de abril de 2013

«¿Vos estás segura de que no querés eso solamente porque sabés que acá no lo podés tener?».

Dije que sí. La verdad es que no lo estoy.

 

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15 de abril de 2013

Acaba de pasar frente a la oficina una muchacha de vestido rojo. Es una tipa horrenda, la conozco y me cae mal, pero las faldas vaporosas y las caderas que se bambolean le hacen bien a cierto tipo de mujer.

El efecto sería mayor si usase botas de combate y no tacones de travesti de la Gavidia.

 

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La semana pasada, mientras escribía un texto, caí en cuenta de que recuerdo muy pocas cosas no-traumáticas de mi infancia. La que contaré ahora es traumática entre comillas, pero sirve para los propósitos del post:

En mi casa había un cuarto oscuro. Mi papá, con su fascinación enferma por el revelado de imágenes, había trabajado en un centro de impresión de fotografías antes de hacer lo mismo, pero con huesos humanos. Tenía sus propias cámaras, revelaba sus propias fotos. Mi  primera infancia fue documentada de manera minuciosa mas no fue este el caso de la mis hermanos; ahora que lo pienso, esto quizá obedecía a la coyuntura.  Podían matarnos cualquier día. Era importante dejar registro de nuestra existencia.

Decía, mi papá tomaba fotos. Mi mamá tomaba fotos. Era natural, creo, que yo quisiese hacerlo también. Es por eso que, en una muestra de lo enfermo que es mi cerebro, recuerdo que en 1993 soñé con una cámara fotográfica liviana y angosta. Era de color lila con un lente horizontal y flash incorporado. Era hermosa, yo la quería y estaba segura de que me la regalarían para la siguiente cosa que decidiesen aplaudirme. No fue así.

Nunca me olvidé de la maldita cámara.

La he buscado con ahínco; he revisado los catálogos de Kodak, Fuji, Nikon, pero no hay rastro de que la cámara que soñé haya existido. No sé qué haría si la encontrase; seguramente la compraría sin pensarlo y una vez en mis manos no sabría qué hacer con ella.

 

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Es el mismo cuento con la señorita Apocalipsis. Apareció un día y me explotó encima. Luego se fue. Sé que no me la quito de la cabeza no por la manera en que explota ni por cómo me habla de la intrigante historia del contrabajo ni por volátil ni porque es un feto y no sabe que vivir como vive le va a costar mínimo un par de vergazos, sino por algo mucho más mundano: porque no está. O bueno, está, pero a dieciocho horas por tierra.

No la anhelaría tanto si estuviese.

 

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Hace unas semanas, ella estaba y parecía que el tiempo era eterno.

Cuando los amantes se levantan de la cama lo hacen como si acabasen de cazar un algo, lo que sea, que les costó mucho. Caminan con el falso orgullo de haber tenido, pero si uno observa con cuidado, siempre puede notar el dejo de inseguridad que les causa saber que no basta con tener, sino el cómo tuvieron. Con las mujeres es distinto. Ellas se paran y caminan con la certeza de que uno no va a poder pensar en otra cosa hasta que ellas decidan que les da la gana volver a explotar.

Yo siempre me voy primero, es una cuestión de principios. Sin embargo, en algún momento dejé que fuera ella quien lo hiciera.  Se paró, jugó con la idea de hacer esto o aquello, mas al final decidió prender la tele. Estamos hablando de una cuestión de dos, tres minutos. Recordé entonces lo que me contaba mi hermana sobre el gato, lo sorprendida que estuvo al ver que la libélula luchaba por irse y la manera tan fría en que Stalin esperó sin moverse hasta que supo que lo que quería era suyo. Lo rápido que se aburrió una vez lo tuvo. Lo sé yo, no lo sabe el gato; él simplemente se fue.

 

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La cámara, la libélula, la señorita Apocalipsis, el hijo y la carrera son cosas que uno quiere hasta que sabe que puede tenerlas. Al verlas, uno se congela. Por eso es que ahora que no me detiene nada es cuando más inmóvil me siento.

 

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Es ella un apocalipsis bastante caótico y prometedor, pero no.

Hubo una sola cosa que quise sin remedio. Me destrozó y eso ahora importa, porque fui yo quien elegí.

Axioma idiota

La gente suele decir que la vida vale la pena, que es bonita y que merece ser vivida, pero tienen la poca delicadeza de nunca explicar por qué. «La vida es bonita», dicen de manera categórica y repartiendo semejante axioma por doquier  con la estupidez que solo da la fe ciega en la certeza de algo. Quién tuviese semejante suerte.

Si alguien tuviera el descaro de venir a decirme que la vida es bonita, empezaría por preguntarle si le parece conveniente hablar en universales  tácitos.  Me dirá que sí, por supuesto; la vida es invaluable, es una oportunidad de maravillarse ante la grandeza del todo, de creer que las circunstancias  tienen por objetivo guiar a alguien desde el punto A hacia el punto B. Que las malas decisiones, que los errores y los tropiezos son una oportunidad de volver a comenzar, de redirigir y construirse a uno mismo; en fin, todas esas idioteces que dice la gente que nunca ha debido ver a su vida a los ojos. Dios bendiga al pendejo a quien se le ocurra decirme algo así.

Los dogmas ya no me funcionan y eso no es algo nuevo. La esperanza tampoco funcionó nunca; más bien lo único que me servía era una muy idiota certeza del yo. La lección es que las certezas no sirven para nada, parece, porque es la primera vez que siento que no voy a ningún lado y que esto se debe no al autosabotaje sino al sencillo hecho de que no se supone que yo vaya a ningún sitio. Lo triste es que lo que me duele no es el ego, sino el para qué. No tengo un para qué.

No me funciona la ––escasa–– gente tampoco. Soy ahora incapaz de comunicarme; totalmente incapaz de interactuar y no encuentro cómo explicar que todos me resultan tan extraños como los desconocidos.  Me preguntaría entonces a mí misma si es prudente de mi parte venir a emitir juicios usando «todos» o «ninguno», cual si no hubiese aprendido nada sobre la validez de los universales.  Mi cerebro es como un perro persiguiendo su propia cola y eso es intrascendente cuando una anda por ahí hiriendo gente sin poder explicar que es un asunto de profunda marginalidad y no de negligencia. Ya qué importa.

En vista de lo anterior, he decidido enumerar un par de cosas que sí vuelven bonita a la vida. Necesito convencerme de que esta ansiedad de los domingos, misma que viene del silencio y que me confronta con mi horrorosa ordinariez es solo algo pasajero; que esta desesperación porque llegue ya el lunes con sus cuadros de Excel y sus comas mal puestas y sus teléfonos que suenan es un asunto coyuntural mientras aprendo a ser yo y me vuelvan a gustar cosas y las encuentre útiles y me vuelva a hervir la sangre por algo, por lo que sea.  Recuerdo a mi sangre ardiendo. Era hermoso e inútil. A veces lo extraño. Era mi manera de sentirme viva.

Hay cosas bonitas, sí. Los maquilishuat en flor. El viento. El sol de octubre. La marea baja en diciembre. Escuchar un disco lindo por primera vez.  El olor de los bosques de coníferas.

La lista es ridículamente corta.

Tengo auténtico miedo.

Goodbye Yellow Brick Road

Yo no tengo por qué seguir escudándome en excusas. Se me están muriendo los afectos de nuevo y eso no sería problema de no ser que los que ahora estoy matando son los históricos. No reconozco a mis afectos ya. Se me han muerto. Estoy de nuevo llena de angustia.

A mis afectos no los escucho: los leo y ellos a mí. Ha sido siempre así. Era más fácil escribir que hablar, me era más fácil esconderme, así que escribía.  Hay uno que me duele por antiguo, por ser la única persona que me conoce desde antes de todo esto; la única que puede dar fe de que alguna vez tuve doce años y era una persona. Ella ha cambiado. Está irreconocible. Sus letras también.

Estoy segura de que me quiere. Ella es el único afecto dogmático de mi vida. Me procura, me busca con las pausas de siempre, pero yo la leo y no puedo concebir que la persona que yo creí conocer ya no está. Ahora ella –ella– usa (no conmigo, no se atreve) la palabra amoral como peyorativo y yo ya no sé quién es. Entiendo los cambios en su vida, la vuelta a aquello de lo que tanto huyó, pero ahora que lo hizo, no sé quién es. No la conozco. Es la única persona que me conoció en mi infancia y que sigue queriéndome. Me he despedido ya de personas con esos antecedentes, pero no sé lidiar con el hecho de que la única persona a quien he podido ver a los ojos siempre ya no me significa nada.

Van muriendo también otros afectos posteriores y ahora veo mi error. En mi entender de que soy siempre la periferia, opté por reducir a mis  afectos a su mínima expresión para no ver en ellos más de lo que en mí despertaba algo. Sin embargo, mis ojos ahora son otros o la mínima expresión no me sirve y estoy viendo un todo que me resulta chocante. No sé si han cambiado o si siempre fueron así, pero quienes son me desconcierta. Hacen, dicen cosas que me resultan aberrantes, que me enojan. No los reconozco. Decido, en honor al afecto que alguna vez tuve, irme. No vale la pena conflictuar; prefiero agarrar mis cosas e irme.

Mis afectos no se conocen entre sí, es algo que evito a toda cosa. No me gusta la idea de una red en la que de mí se sepa todo; yo necesito poder refugiarme en algo. Por eso me gustaba tanto mi red de periferia: porque podía hablar de esto con A, de aquello con B, pero siempre sus temas, no los míos. Mis temas no los hablaba con nadie. Mis afectos se basaban en mi desventaja y en el terror que me causa el pensar que algún día dos personas que no se conocen entre sí se encuentren luego y sean capaces de reconstruir mi vida  y decir «aaaaah». Ni siquiera muerta puedo permitirme tanta exposición. Ellos no se conocen y, en momentos como este, compruebo que es para bien. Puedo irme y ser solo anécdota.

Sigo, sin embargo, perdiendo. Me es imposible retener, construir rutinas. Se me muere todo siempre, eso es un hecho; la diferencia es que ahora estoy más consciente del proceso de separación. Ahora lo veo. Un hilo, dos, tres, y de repente ya nada une. El problema es que lo veo y ahora no soy yo el hilo que flota, sino la tela. Pierdo, sí, pero siento que pierdo cosas que no debí haber tenido; siento que no debería forzarme a hablar con gente con quien comparto una sola cosa en común, una que no vale la pena comparada al universo que soy, que son. Totalitario, sí. Y prepotente. Empero, válido. Quizá me cuesta todo tanto porque me esfuerzo demasiado por obviar mi condición, porque quizá no la asumo del todo y me fuerzo a encajar en donde no. Me voy de nuevo, entonces. Vuelvo a irme sin explicaciones, sin pleitos y sin estruendos (eso es nuevo); me voy en silencio, como se escabulle un ente ajeno de un salón en el que no le correspondía estar.

Veo y no reconozco nada y quizá debí haber previsto que ocurriría. Lo único que permaneció en pie luego del terremoto del año pasado fueron los afectos y nada me preparó para lo que vendría luego. Tampoco a ellos. No soy quien conocieron y quizá ese monotema en común ha desaparecido o carezca yo del interés o la paciencia de pretender que aún existe. Me voy, entonces; me vuelvo a ir. La diferencia es que me voy ahora sin ruidos ni hecatombes, voy quemando puentes con sigilo, ya no con el grito de antaño. Me voy quedito en honor al hecho de que el irreconocimento no es imputable a otra cosa que no sea el cambio perpetuo. Ya no nos reconocemos. Probablemente sea mi culpa. Soy yo quien se va.

Este afán enfermizo de profundizar mi orfandad va a terminar matándome, pero no tengo opción. Ahora lo que sigue es hacer las paces con mi mediocridad y aceptar (de una vez y por todas) que no tengo idea de lo que estoy haciendo.

Rutina

Veía un documental sobre Liniers.  El tipo dibujaba y sonaba un teléfono fijo.  Liniers dejaba el pincel, se levantaba y saludaba con voz muy afectuosa a un amigo. Le contaba, no sé, que hacía tiempo que vivía becado en Montreal, que nevaba.  A mí me dieron ganas de llorar.

Bueno, lloré.

Es lindo eso de que suene un teléfono y una voz conocida, de esas que te calientan los cachetes, te pregunte cómo va todo. Era lindo cuando había teléfonos fijos y podías hablar sin pensar en cuántos minutos tiene un plan, cuando interrumpías rutinas y eso era bienvenido. Me gusta esa imagen de lo cotidiano, he descubierto; me gusta mucho más de lo que quiero admitir. Me da miedo que me guste lo fijo.

Liniers se levanta y cocina pasta. Es argentino, quizá la ley le prohíbe no comer macarrones.  Lava los platos, abre un vino, se sienta  a comer. Las rutinas quizá no son tan malas porque implican un ritmo, quiero creer: uno baila sobre el tiempo que se desliza; a veces quizá baila quedito, como si tuviese miedo de despertar a un algo que no existe. Las rutinas son entonces quizá una especie de manera de conservar la calma, de sentir que uno controla de manera muy burda al tiempo que corre y se va. Un hombre con rutina es un jinete con estribos, quizá. Me gusta.

Sobre todo me gusta la idea de sentirse tan cómodo con algo, conocerle tan a fondo que te permita quizá compartir un silencio, bailar con lo que no está sobre el tiempo que se desliza y no tener intenciones de retener, de cambiar, de algo que no sea permitir que el tiempo se siga deslizando porque el ritmo en el que lo hace está bajo tu control. No sé por qué ahora me resulta tan tierno.

También almorzaba. Yo, no Liniers, aunque me parece que también. Miraba mi plato y pensaba que quizá uno puede aprender cosas sobre la gente a partir de la manera en que se come una pupusa. Quizá la cantidad de salsa y su posición frente al curtido tenga un trasfondo; debe tenerlo, es un método. Un método de comer pupusas. Una manera de bailar, de armonizar, que sería lindo narrarlo y explicar que las de arroz deben nadar en salsa o qué determina la calidad del curtido. Sería lindo, no sé.

La calma quizá es linda. Conocer la comodidad quizá también lo sea. No tengo manera de saberlo.

Quizá solo estoy demasiado emocional.

No sé por qué la calma me rehúye tanto.

 

Propiedad raíz

De las paredes de mi cuarto cuelgan Batman y Arya Stark.  En realidad no cuelgan, más bien están adheridos a ellas porque hay algo en mí que se niega a enmarcar cosas, a cubrirlas de vidrio, a violar al ladrillo, a evidenciar la estancia. No martillo, pego. Como adolescente.  No es que no sepa martillar, es que no quiero (que se sepa que estuve. Saber que estuve).

A Arya Stark y Batman se unirán la semana que viene Dorothy, el hombre de hojalata, el león y el espantapájaros reunidos en una sala escuchando el Dark Side of The Moon. En la imagen no está Toto, no sé por qué, como tampoco sé por qué estoy contando esto, si yo venía a hablar de la propiedad raíz, de la idea de tener propiedad raíz.

Alguna vez habré dicho que yo quería un sitio pequeño –un apartamento– de paredes blancas y desnudas, sin puertas y con muebles de madera oscura. Enfatizaba yo el sin puertas y ahora no entiendo en qué mundo podría vivir yo con tanta desnudez. Tenía veintiún años cuando dije eso y quizá creía que una casa es un sitio en donde uno puede lidiar con la autoexposición irrestricta. Tan ingenua yo.

La desnudez de las paredes iba a morir de a poco. Había un plan: a la inmaculada fila de ladrillos la iba a desvirgar un póster enorme de Janis Joplin. Nunca pensé en qué vendría después, cual si supiese yo desde entonces que planear no es lo mío. Ahora no está Janis, pero están Arya y Batman; la semana que viene se les unen Dorothy et al. y luego vendrá Bowie. Parece que uno se va de su casa para poder ser adolescente en otro sitio.

Este año los maquilishuat han florecido muy temprano o eso quiero creer. Me avergüenza haberlos notado apenas el año pasado. Cuando me tomaba casi una hora ir de la universidad a casa, me dedicaba a contar los maquilishuat del camino. Eran veintiséis. Eran pocos. Un día de la semana pasada vi hacia abajo (a veces ayuda volver a los vicios) y estaba todo lleno de flores rosadas. Era lindo. Se me ocurrió que quiero vivir en un sitio en el que un día explote el patio en un vómito rosado, un rosado lindo porque viene de un árbol que parecía estar muerto. Lo pensé y lo pensé bien: quiero un maquilishuat y un árbol de mandarinas, aunque esto sería mortal para mi gastritis. Viéndolo bien, no hay nada más adulto que hablar de gastritis y propiedad raíz: ya solo falta que me dé por ver películas de Woody Allen para abrazar la llegada de los treinta. Qué pánico. Woody Allen, no los treinta.

Decía, pensé en el maquilishuat y las mandarinas y me dio por quizá tener algo. No recuerdo por qué vine a decir esto.

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